Viernes

Él camina de vuelta a casa, en la fría noche otoñal, solo por la calle. Inseguro, mira hacia los callejones. No termina de fiarse de la soledad. Se enciende un cigarro, probablemente el último del viernes, guarda su clipper bajo el puño y aspira el humo de una calada contaminando poco a poco y en oleadas sus pulmones.

Paso a paso el viento le besa la mejilla y  aparta el pelo de su cara. Las farolas hacen de guías e iluminan la acera a su paso. Está tranquilo. Siente como el dióxido de carbono y el alquitrán acarician sus inquietudes y garganta, y le alivia.

Necesita pensar. Necesita sentir, o quizás dejar de sentir tantas cosas que le terminan bloqueando sin saber que es lo que siente realmente.

Una, dos, tres…y el humo vuela blanco y abstracto bajo los focos de luces. Las luciérnagas originan dibujos de luz en el aire, las estrellas parpadeantes se asemejan a coches en la distancia y el sonido de la música en aquellos garitos del suburbio madrileño se mezcla con el de los tubos de escape.

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Lejos de todo, observa la ciudad en silencio, y una vez puestas todas las cosas en su sitio, juraría que teme cada vez menos a los inviernos buscando solo el calor en una manta. Este invierno no lo sentirá tan frío como el anterior.

El verdadero sufrimiento viene del exceso de afecto y no de la carencia del mismo“. Hagamos caso a las señales y nunca olvides lo que un día fuiste. No te enamores buscando lo inevitable. Déjate ser encontrado. Tarde o temprano todos los besos sin amor te sabrán a lo mismo.

Atentamente, Alcarreña de Madrid

Cuatro minutos son suficientes.
Lo marca la pantalla que preside en el andén.
Cuatro minutos para que llegue el tren que me devuelve a casa. Es irónico llamar hogar a un sitio que te otorga inseguridades y claustrofobia.
Ciudad, querida ciudad.
La quieres por esos años que marcaron tu rutina mientras crecías.
La odias por todas esas veces que te tiró al suelo para que aprendieras lecciones que, en teoría, eras demasiado joven como para conocer.
Te espabila, te vuelve fría.
Las nubes ocupan más su cielo que en cualquier otro sitio. El sol te mira justicioso y cuchichea tras la tormenta que descarga su lluvia sobre ti. Es muy puta.
Paredes que hablan, las mismas caras amargas pidiendo a gritos salir y, envidiosas por tus actos, reaccionan a través de un odio basto. Ciudadanos que no aspirarán jamás a nada en un “pueblo” de anclados.

Pocos se salvan, pocos se salvan.
Una vez más, vuelvo a mi hogar. Una vez más voy a verte:

          Querida ciudad prisionera. Querida ciudad de mi infancia.

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Sal de mi cabeza

Afloraban aleteos en mi estomago.
Se dilataban mis pupilas al verte.
El calor de una caricia, el hambre de besos en un beso.

Irrefrenable, completamente irrefrenable.

Como comer tras dias de ayuno. Como el primer cigarrillo en la mañana.

Inspirando mis poesias, así de distante eres.

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Dolores de cabeza

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Recuerdo que llegue a sentir indiferencia. Mucha indiferencia.
En mis pocos años de vida ya había saboreado las mieles de la falsa amistad y traición, así como el primer e inolvidable amor. Mi madre solía decirme que nunca escuchaba sus consejos, que solo aprendería a base de golpes.
Recuerdo sentirme sola. Recuerdo sentirme diferente.

Y a las pocas cabezas cuerdas os pregunto, ¿Alguna vez lo habéis sentido? Me refiero a ver pasar la vida demasiado rápido como para poder asimilar todo lo que sucede en ella, a acostumbrarte a despedirte de la gente sin palabras, sin un misero roce de dolor en el corazón, por la costumbre.

Recuerdo considerarme rara. ¿Por que la gente actúa así?¿Tengo una enfermedad?¿Por que soy tan consciente de todo lo que nos rodea?¿Por que la gente no se da cuenta?
Jamás llegué a encontrar respuesta a todas estas preguntas. Quizás la vida consista en esto, en no preguntarse porqués y dejarse llevar.

Recuerdo que dejé de confiar en mi. Recuerdo que dejé de confiar en los demás.

Última noche de verano

A la caída de la tarde, con las piernas colgando entre los barrotes de mi balcón, aprecié la brisa de finales de verano. Aún cálida, mas no por ello menos agradable, se encargaba de aliviar el calor de aquel día revoloteando mi cabello levemente.
Pocas veces nos sentamos en silencio y dejamos que nuestros sentidos capten lo que, con prisas y sin prestar atención, ignoramos.


Ante un nuevo atardecer, las luces de las casas una a una comenzaban a encenderse como cada día a la misma hora a la par que los últimos rayos de sol se tornaban naranjas reflejados sobre los edificios y las calles.
La calzada desierta, poco a poco iluminada por otro tipo de luz más artificial, contenía los ecos de las risas de los niños que jugaban antes de que fuera la hora de cenar.
Ni un alma apenas, y con esa tranquilidad, el sonido de los pájaros volando alegremente en busca de su nido era mas audible.
El cielo que, con el trascurso de los minutos iba alternando desde colores rosados hasta pigmentos mas apagados, traía consigo la más preciada de todas las noches: la noche de verano.
Un anciano silencioso, sentado cual estatua en el banco que recibía el ultimo rayo de sol sobre el pueblo, observaba la misma escena. ¿Cuantos atardeceres habría mirado cautelosamente al detalle? Desde luego más que yo y, por alguna razón, miraba hacia el horizonte apenas sin moverse como si después de tantos años aun esperase encontrarse con algo nuevo.
Ya en la oscuridad del inicio de la noche, el hombre se levanta, y sin mas ruido que el de sus pasos, se adentra en el vacio bar de la esquina…

Ven. Desnúdate. Desnúdame.

Madrugadas drogadas, camas pidiendo a gritos ser salvajemente deshechas.
“Ven, acércate.” te dice entre el humo que ondea por la habitación. “Ven, un poquito más cerca.”
Intentas recortar los centímetros de latidos nerviosos que os separan y aún en la puerta de la habitación te lo piensas, sin saber los motivos, porque lo único que sabes es que no hay posible victoria ante la lucha contra ese verbo en imperativo.
“Ven” te repite dulcemente. Su mirada atraviesa tus ojos, baja y captura tus labios. Te resistes porque sabes que no habría vuelta atrás.
Aprietas las manos en un puño y cierras los ojos. El olor a marihuana latente en el aire golpea clandestinamente en tu legua hormigueante. Pasan los segundos, quizás minutos, no lo sabes bien. Vuelves a abrir los ojos y ahí esta, a tan sólo un metro de distancia, escrutando tu rostro, buscando algún retal de tus pensamientos. Sus ojos rojos siguen siendo tiernos, pero no es algo en lo que quieras pensar. Giras la cabeza y su mano en tu mentón te obliga a mirarle. “No…” Intentas decir algo pero antes de terminar la frase te has perdido en ella, o quizás tu subconsciente no quiere que esta vez uses palabras.
Su mano deja de sostener tu mentón para continuar acariciándolo, trazando un suave camino desde tu boca hasta tu hombro, muy lentamente. Tu mente alterada refleja un rostro impasible. No te mueves. No le miras. No le buscas. “Para” consigues decir de una vez, y su mano se detiene de golpe, dolida, separándola de ti y dejándote una huella que te quema la piel, anhelante desde el primer segundo de su contacto.
Se da la vuelta y te da la espalda. Sigues con la mirada cada surco, cada curva, cada sombra que la lámpara de la mesita de noche dibuja en su espalda desnuda.
En un golpe de locura te desabrochas la camisa. Mente fría. La vergüenza decide suicidarse por la ventana cerrada. Y en ese trascurso de valientes segundos, te aproximas caminando silenciosamente como un gato con los pies desnudos por la alfombra. Suspiras cerca de su espalda y notas como ésta se tensa. Rozas con los dedos su hombro y aprecias como se le eriza la piel. Se da la vuelta y levanta la mirada apagada desde el suelo, hasta que ésta se encuentra con la tuya. Esta vez sonríe, mientras tu camisa, ajena a lo que esta a punto de suceder, descansa en el suelo. Se acerca y tú, impaciente y a la vez tímida, te asustas, pero te quedas en el sitio. Te roza los labios con los dedos y comienza a acercarse. Hueles su colonia, roza su nariz con la tuya y roza también tus labios. No te besa. Sólo los roza. Tú, cual cigarro al que le falta nicotina , te acercas. Das un paso y te agarras a una de las frías anillas de su cinturón.
Ahora si que si piensas “Ven joder, ven” pero no lo dices. Y no hay mejor momento que el prebeso, ese que mantiene la tensión, la miga del “¿Qué será? Y aún no es” esa que te hace temblar y mantener la atención ante cualquier movimiento suyo.
Le desabrochas el cinturón y su sonrisa se hace mas grande. “Bien” Vuelves a pensar, vas por buen camino.Y si, si que voy bien. Y se corrobora en el momento en el que él te agarra de la nuca, te atrae hacia él y te besa.
Un beso húmedo, un beso seco por los porros pero no por ello menos cálido y agradable. Un beso lleno de emociones, lleno de cariño. Un beso que tanto tú como el sabéis que es único. Sus labios se amoldan a los tuyos al compás de sus manos, que se deslizan por tu espalda, incansables.
Pero más incansables aún son los instintos, las respiraciones jadeantes, los pensamientos incontrolables. Y a pesar del descontrol de la situación que habéis construido, consigues atisbar entre tus pecados mentales una voz casi irónica que te dice que bajes el ritmo. Que estás tan nerviosa que en breves instantes él podrá contar los latidos fulminantes que tu pecho deja escapar por minuto. Pero dejas de escucharla. Sus manos desabrochan impacientes, con un hambre aparentemente insaciable, tu pantalón. No sabes si tú o él, si el o tú, pero ambos os habéis empujado hasta la cama. El aleatorio del móvil en ningún momento ha dejado de sonar, y la música se ha hecho compañero del tiempo, del reloj.
Junto al tic-tac que reposa en la mesilla todo lo que está a vuestro alrededor se hace uno, se hace inseparable, indivisible. Os unís entre vosotros, y también entre las sábanas y entre las almohadas, esas que son, y serán
por siempre, las únicas testigos de una historia que, más tarde, finalizaría sobre el mismo colchón, sobre las mismas sábanas. Y también sobre las mismas almohadas, sólo que ahora, ya están aliviadamente deshechas.
                                              Africa y Marina Agrelo

Pequeños detalles otoñales

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Buenos días Otoño, octubre, Madrid.
Primeras lineas de luz a través de la persiana en mi colcha,
Amaneciendo sobre el ruido de los coches en una ciudad que siempre está despierta.
Me giro sobre una cama que cada día es mas pequeña,
cama que era demasiado grande cuando dormía acompañada
y toco el lado opuesto donde sigue luciendo la ausencia.

Descorro las cortinas, abro y me asomo a la ventana.
Más de tres millones de personas caminan por la acera para continuar con su rutina,
más de tres millones de personas siguen soñando bajo su edredón,
más de tres millones de personas trabajando o haciendo el amor (y es que esto último se puede interpretar de mil sentidos…).
El sabor del café me despeja de buena mañana,
y aquí, asomada por la ventana, huele a tierra mojada.
El humo del cigarro matutino asciende y desaparece a medida que se aleja de mí,
las palomas aterrizan bajo la luz anaranjada del amanecer sobre las farolas,
y los edificios disminuyen su sombra a medida que se alza el sol.

Quizás puedas acostumbrarte a ello, te repites.
Puede que este tipo de soledad te haga sentir bien,
ir despacio por una vez en la capital que te vio nacer,
disfrutando del detalle en una ciudad tan llena,
sin calcular los por qués de que la gente vaya y venga
mientras la ciudad aquí y allí es la misma.

Y solamente quedaba arrugar y prender el capítulo anterior para reinventarse, seguir siendo “yo” por donde lo dejé.
Deberíamos perder menos autobuses, no dejarnos llevar tanto por los sentimientos y ser lo que uno mismo quiere ser sin ataduras anímicas.

Salgo del piso y en poco tiempo me camuflo entre el resto de personas. Bienvenida pequeña, vuelves a casa.