Prefacio

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El aire coloreaba como el humo de una hoguera una estela negra de ceniza en el cielo. Desconozco durante cuánto tiempo estuve contemplando aquellos dibujos. Las pequeñas cenizas de lo que había sido madera de pino caían sobre nosotros. Pronto comencé a escuchar las toses y los gritos a mi al rededor de aquellos que morían al respirar. Desde luego las llamas tenían su poder hipnótico, pero su humo más.

Como un mono me baje de una rama y a través de los árboles en llamas conseguí llegar al claro donde estaba el coche. Para cuando llegué estaba rodeado de un hospital improvisado. Quizás una cámara funeraria. Los cuerpos quemados de civiles se acumulaban inertes apoyados en el lateral de mi coche, abandonados para poder atender a las demasiadas almas que apenas seguían respirando de aquel aire tóxico. De pronto asimilé lo que había sucedido y vomité. Vomité hasta que mi cuerpo entero se vació de asco al mundo que se nos venía encima, vomité hasta que pude recuperar las fuerzas mentales, hasta que me convencí de poder superar lo que iba a ver en cuanto levantara la cabeza. Me limpié con la manga del abrigo las lágrimas y la boca, me puse la capucha y me dispuse a atravesar aquella mina de heridos de ceniza respirando a través de mi bufanda…

 

 

 

 

A veces

 A veces los sueños son de acuarelas. Llenos de color y aventuras. Un elefante cruza nuestro jardín, corremos los Sanfermines o llegamos a creer que podemos volar. Vivimos una invasión alienígena, una inundación y la peor de las tormentas en alta mar. Luchamos contra tiburones, se nos acelera el pulso, sube la adrenalina y empezamos a sudar. Pero seguimos vivos. Atravesamos olas, nos tiramos por acantilados, huímos de peligros. A veces creemos que estamos en el segundo previo a nuestra muerte, pero seguimos vivos.

A veces la almohada es de hielo. Nos electrifica con su penetrante pitido. Nos engulle en su profundo sueño. A veces no podemos salir de ellos, al menos somos conscientes de ellos, y en el nanosegundo exacto en el que eres atropellado por un carro de caballos, !bam¡ vuelves a la tierra. Al mundo de los mortales. Pero comienzas a echar de menos a los tiburones, a los aliens y hasta a tu elefante doméstico. Al menos durante unos segundos hasta que la oscuridad nubla tus recuerdos.

A veces los sueños se repiten y te reencuentras con compañeros de viaje, con ciudades, con el pasado proyectado afilado, manipulado por nuestra mente. Un brote de energía por las noches para olvidar la monotonía de los días.

¿Acaso no vivimos realmente aventuras al dormir? A veces, a veces

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