Pequeños detalles otoñales

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Buenos días Otoño, octubre, Madrid.
Primeras lineas de luz a través de la persiana en mi colcha,
Amaneciendo sobre el ruido de los coches en una ciudad que siempre está despierta.
Me giro sobre una cama que cada día es mas pequeña,
cama que era demasiado grande cuando dormía acompañada
y toco el lado opuesto donde sigue luciendo la ausencia.

Descorro las cortinas, abro y me asomo a la ventana.
Más de tres millones de personas caminan por la acera para continuar con su rutina,
más de tres millones de personas siguen soñando bajo su edredón,
más de tres millones de personas trabajando o haciendo el amor (y es que esto último se puede interpretar de mil sentidos…).
El sabor del café me despeja de buena mañana,
y aquí, asomada por la ventana, huele a tierra mojada.
El humo del cigarro matutino asciende y desaparece a medida que se aleja de mí,
las palomas aterrizan bajo la luz anaranjada del amanecer sobre las farolas,
y los edificios disminuyen su sombra a medida que se alza el sol.

Quizás puedas acostumbrarte a ello, te repites.
Puede que este tipo de soledad te haga sentir bien,
ir despacio por una vez en la capital que te vio nacer,
disfrutando del detalle en una ciudad tan llena,
sin calcular los por qués de que la gente vaya y venga
mientras la ciudad aquí y allí es la misma.

Y solamente quedaba arrugar y prender el capítulo anterior para reinventarse, seguir siendo “yo” por donde lo dejé.
Deberíamos perder menos autobuses, no dejarnos llevar tanto por los sentimientos y ser lo que uno mismo quiere ser sin ataduras anímicas.

Salgo del piso y en poco tiempo me camuflo entre el resto de personas. Bienvenida pequeña, vuelves a casa.

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…y que me de sus aceitunas

He decidido que quiero enamorarme.
Echo de menos las tardes largas de sofá,
los silencios cómodos y acompañados,
las duchas compartidas,
colocar dos pijamas bajo la almohada,
la evasión hacia lo que te rodea,
la certeza de que lo que me mostraba era lo que realmente sentía,
sin dobles tapas ni fachadas.

Sin embargo, tengo un problema.
“¿Como puede presentarse el diablo delante de ti con la apariencia de un ángel cada vez que te sonríe?” dice una canción. Y es cierto.
No deberíamos sufrir por nadie,
ni por nuestra media naranja
ni por alguien que conozca la teoría de las aceitunas, y las pida, pero no le gusten.

Me niego,
y ahora solo nos queda desconfiar de aquellos a los que podamos llamar la atención,
sin saber si son sinceros o,
a escalas más probables,
intentan ganarse los oídos de cualquier chica a partir de unas palabras provenientes de una alegre entrepierna.

He puesto inevitablemente el listón muy alto,
universalmente por las nubes.
Ya no se cual de estos puntos suspensivos será mi punto y final,
solo se que me he pasado dos paradas
y ya no hay ningún autobús búho que me lleve de vuelta a casa.

Y mientras camino, y el último cigarro de la noche se consume,
llego a mi última y refutable conclusión:
Somos muy jóvenes aún.
Ya no quiero enamorarme.
(Sin embargo, y sin saber si en el fondo es bueno o malo, no es algo que podamos decidir.)

“Domesticame” El principito

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-. No estoy domesticado.
-¡Ah! Perdón -dijo el principito.-[…]¿Qué significa “domesticar”?
-Es una cosa demasiado olvidada. Significa “crear lazos”.
-¿Crear lazos?
-Si -dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Sere para tí único en el mundo.
-Empiezo a comprender- dijo el principito-. Hay una flor…Creo que me ha domesticado.
-Es posible- dijo el zorro-.¡En la Tierra se ve toda clase de cosas…!
-¡Oh! No es el la Tierra- Dijo el principito.
[…]
Pero el zorro volvió a su idea:
– Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inutil. Los campos de trigo no me recuerdan a nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo…
el-principito-001
El zorro calló y miró largo tiempo al principito.
-¡Por favor…, domestícame!-dijo.
-Me gustaría- respondio el principito- pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
-Solo se conocen las cosas que se domestican- dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas en los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
-¿Que hay que hacer?- dijo el principito.
-Hay que ser paciente- respondio el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca…
Al día siguiente volvió el principito.
-Hubiese sido mejor venir a la misma hora -dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón…Los ritos son necesarios.
[…]

Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de partida:
-¡Ah!…- dijo el zorro-. Voy a llorar.
-Tuya es la culpa -dijo el principito-. No deseaba hacerte mal, pero quisiste que te domesticara…
-Si- dijo el zorro.
-Entonces , no ganas nada.
-Gano- dijo el zorro-, por el color del trigo.

         Antoine De Saint-Exupéry

Sábanas frías para un cuerpo de sangre caliente

Que ya no quiere verme dice.
Que es hora de que eche a volar y aprenda lejos de su piel.
Y yo no sé si es que te es más fácil alejarme,
poner kilómetros abstractos de distancia egoísta entre nuestras idas y venidas,
que saber que un “Adiós” trae consigo un “Hasta luego” y también,
harto de prevalecer,
tus ganas de echarme por cama todas nuestras efímeras batallas al colchón.

Nuestras pero no contigo,
Nuestras pero no conmigo.
Que al fin y al cabo estas sabanas me llegaron a castigar frías y ahogadas.
Sin oxígeno, sin tu olor.
Y busco tu colonia en otras pieles, pero no te equivoques, no.
Que las ganas de traerte de nuevo a mi vida son,
(Al desnudo y sin traje térmico de buceo),
equiparables a las ganas de bañarme en un río en pleno invierno.

Desenrolla un mapa, cierra los ojos y señala un punto aleatoriamente perfecto.
Ahí mis sabanas dejaran de castigarme,
Allí un “Adiós” será la palabra que ponga punto y final a esta absurda historia.
Historia que acabará en cuanto vengas definitivamente a por tus cosas,
esas que ya no se mezclarán jamás con las mías.

Dos días tienes, no me tientes.
Las tiraré como tu tiraste mi corazón con la excusa de que madurara
desde el nido mas áspero, desde el árbol mas alto, ni a la basura.
Harta de tus drogas, tus ojitos rojos, tus porfías y nuestras duchas de agua fría.
“Déjame sola” me giro y te lo digo.
Pero tú ya te habías ido.