Ven. Desnúdate. Desnúdame.

Madrugadas drogadas, camas pidiendo a gritos ser salvajemente deshechas.
“Ven, acércate.” te dice entre el humo que ondea por la habitación. “Ven, un poquito más cerca.”
Intentas recortar los centímetros de latidos nerviosos que os separan y aún en la puerta de la habitación te lo piensas, sin saber los motivos, porque lo único que sabes es que no hay posible victoria ante la lucha contra ese verbo en imperativo.
“Ven” te repite dulcemente. Su mirada atraviesa tus ojos, baja y captura tus labios. Te resistes porque sabes que no habría vuelta atrás.
Aprietas las manos en un puño y cierras los ojos. El olor a marihuana latente en el aire golpea clandestinamente en tu legua hormigueante. Pasan los segundos, quizás minutos, no lo sabes bien. Vuelves a abrir los ojos y ahí esta, a tan sólo un metro de distancia, escrutando tu rostro, buscando algún retal de tus pensamientos. Sus ojos rojos siguen siendo tiernos, pero no es algo en lo que quieras pensar. Giras la cabeza y su mano en tu mentón te obliga a mirarle. “No…” Intentas decir algo pero antes de terminar la frase te has perdido en ella, o quizás tu subconsciente no quiere que esta vez uses palabras.
Su mano deja de sostener tu mentón para continuar acariciándolo, trazando un suave camino desde tu boca hasta tu hombro, muy lentamente. Tu mente alterada refleja un rostro impasible. No te mueves. No le miras. No le buscas. “Para” consigues decir de una vez, y su mano se detiene de golpe, dolida, separándola de ti y dejándote una huella que te quema la piel, anhelante desde el primer segundo de su contacto.
Se da la vuelta y te da la espalda. Sigues con la mirada cada surco, cada curva, cada sombra que la lámpara de la mesita de noche dibuja en su espalda desnuda.
En un golpe de locura te desabrochas la camisa. Mente fría. La vergüenza decide suicidarse por la ventana cerrada. Y en ese trascurso de valientes segundos, te aproximas caminando silenciosamente como un gato con los pies desnudos por la alfombra. Suspiras cerca de su espalda y notas como ésta se tensa. Rozas con los dedos su hombro y aprecias como se le eriza la piel. Se da la vuelta y levanta la mirada apagada desde el suelo, hasta que ésta se encuentra con la tuya. Esta vez sonríe, mientras tu camisa, ajena a lo que esta a punto de suceder, descansa en el suelo. Se acerca y tú, impaciente y a la vez tímida, te asustas, pero te quedas en el sitio. Te roza los labios con los dedos y comienza a acercarse. Hueles su colonia, roza su nariz con la tuya y roza también tus labios. No te besa. Sólo los roza. Tú, cual cigarro al que le falta nicotina , te acercas. Das un paso y te agarras a una de las frías anillas de su cinturón.
Ahora si que si piensas “Ven joder, ven” pero no lo dices. Y no hay mejor momento que el prebeso, ese que mantiene la tensión, la miga del “¿Qué será? Y aún no es” esa que te hace temblar y mantener la atención ante cualquier movimiento suyo.
Le desabrochas el cinturón y su sonrisa se hace mas grande. “Bien” Vuelves a pensar, vas por buen camino.Y si, si que voy bien. Y se corrobora en el momento en el que él te agarra de la nuca, te atrae hacia él y te besa.
Un beso húmedo, un beso seco por los porros pero no por ello menos cálido y agradable. Un beso lleno de emociones, lleno de cariño. Un beso que tanto tú como el sabéis que es único. Sus labios se amoldan a los tuyos al compás de sus manos, que se deslizan por tu espalda, incansables.
Pero más incansables aún son los instintos, las respiraciones jadeantes, los pensamientos incontrolables. Y a pesar del descontrol de la situación que habéis construido, consigues atisbar entre tus pecados mentales una voz casi irónica que te dice que bajes el ritmo. Que estás tan nerviosa que en breves instantes él podrá contar los latidos fulminantes que tu pecho deja escapar por minuto. Pero dejas de escucharla. Sus manos desabrochan impacientes, con un hambre aparentemente insaciable, tu pantalón. No sabes si tú o él, si el o tú, pero ambos os habéis empujado hasta la cama. El aleatorio del móvil en ningún momento ha dejado de sonar, y la música se ha hecho compañero del tiempo, del reloj.
Junto al tic-tac que reposa en la mesilla todo lo que está a vuestro alrededor se hace uno, se hace inseparable, indivisible. Os unís entre vosotros, y también entre las sábanas y entre las almohadas, esas que son, y serán
por siempre, las únicas testigos de una historia que, más tarde, finalizaría sobre el mismo colchón, sobre las mismas sábanas. Y también sobre las mismas almohadas, sólo que ahora, ya están aliviadamente deshechas.
                                              Africa y Marina Agrelo
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s