Atentamente, Alcarreña de Madrid

Cuatro minutos son suficientes.
Lo marca la pantalla que preside en el andén.
Cuatro minutos para que llegue el tren que me devuelve a casa. Es irónico llamar hogar a un sitio que te otorga inseguridades y claustrofobia.
Ciudad, querida ciudad.
La quieres por esos años que marcaron tu rutina mientras crecías.
La odias por todas esas veces que te tiró al suelo para que aprendieras lecciones que, en teoría, eras demasiado joven como para conocer.
Te espabila, te vuelve fría.
Las nubes ocupan más su cielo que en cualquier otro sitio. El sol te mira justicioso y cuchichea tras la tormenta que descarga su lluvia sobre ti. Es muy puta.
Paredes que hablan, las mismas caras amargas pidiendo a gritos salir y, envidiosas por tus actos, reaccionan a través de un odio basto. Ciudadanos que no aspirarán jamás a nada en un “pueblo” de anclados.

Pocos se salvan, pocos se salvan.
Una vez más, vuelvo a mi hogar. Una vez más voy a verte:

          Querida ciudad prisionera. Querida ciudad de mi infancia.

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