Viernes

Él camina de vuelta a casa, en la fría noche otoñal, solo por la calle. Inseguro, mira hacia los callejones. No termina de fiarse de la soledad. Se enciende un cigarro, probablemente el último del viernes, guarda su clipper bajo el puño y aspira el humo de una calada contaminando poco a poco y en oleadas sus pulmones.

Paso a paso el viento le besa la mejilla y  aparta el pelo de su cara. Las farolas hacen de guías e iluminan la acera a su paso. Está tranquilo. Siente como el dióxido de carbono y el alquitrán acarician sus inquietudes y garganta, y le alivia.

Necesita pensar. Necesita sentir, o quizás dejar de sentir tantas cosas que le terminan bloqueando sin saber que es lo que siente realmente.

Una, dos, tres…y el humo vuela blanco y abstracto bajo los focos de luces. Las luciérnagas originan dibujos de luz en el aire, las estrellas parpadeantes se asemejan a coches en la distancia y el sonido de la música en aquellos garitos del suburbio madrileño se mezcla con el de los tubos de escape.

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Lejos de todo, observa la ciudad en silencio, y una vez puestas todas las cosas en su sitio, juraría que teme cada vez menos a los inviernos buscando solo el calor en una manta. Este invierno no lo sentirá tan frío como el anterior.

El verdadero sufrimiento viene del exceso de afecto y no de la carencia del mismo“. Hagamos caso a las señales y nunca olvides lo que un día fuiste. No te enamores buscando lo inevitable. Déjate ser encontrado. Tarde o temprano todos los besos sin amor te sabrán a lo mismo.

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