…y que me de sus aceitunas

He decidido que quiero enamorarme.
Echo de menos las tardes largas de sofá,
los silencios cómodos y acompañados,
las duchas compartidas,
colocar dos pijamas bajo la almohada,
la evasión hacia lo que te rodea,
la certeza de que lo que me mostraba era lo que realmente sentía,
sin dobles tapas ni fachadas.

Sin embargo, tengo un problema.
“¿Como puede presentarse el diablo delante de ti con la apariencia de un ángel cada vez que te sonríe?” dice una canción. Y es cierto.
No deberíamos sufrir por nadie,
ni por nuestra media naranja
ni por alguien que conozca la teoría de las aceitunas, y las pida, pero no le gusten.

Me niego,
y ahora solo nos queda desconfiar de aquellos a los que podamos llamar la atención,
sin saber si son sinceros o,
a escalas más probables,
intentan ganarse los oídos de cualquier chica a partir de unas palabras provenientes de una alegre entrepierna.

He puesto inevitablemente el listón muy alto,
universalmente por las nubes.
Ya no se cual de estos puntos suspensivos será mi punto y final,
solo se que me he pasado dos paradas
y ya no hay ningún autobús búho que me lleve de vuelta a casa.

Y mientras camino, y el último cigarro de la noche se consume,
llego a mi última y refutable conclusión:
Somos muy jóvenes aún.
Ya no quiero enamorarme.
(Sin embargo, y sin saber si en el fondo es bueno o malo, no es algo que podamos decidir.)

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