Capitulo 1

La vida, no más que unas simples líneas en la palma de tu mano. Dicen que ya al nacer estamos obligados a experimentar un destino escrito en cada uno de nosotros. Pitonisas, gurús, frikis de la metafísica y de lo paranormal…todos ellos nos ponen en aviso, nos leen el futuro, nos ofrecen la oportunidad de reinventarnos, Suena a broma, riámonos, si si, pero luego bien que nos dejamos encandilar. Aunque Sandro Rey nunca nos coja el teléfono.

¿Si te dieran un libro con tu vida escrita leerías el final? Yo no sabría contestar a esa pregunta. Mentiría si dijera que no echaría ni una ojeada abriéndolo por alguna de sus páginas al azar. Probablemente algún nombre, lugar u otra simple palabra, una de tantas, captara mi atención, provocando en mi la inmensa necesidad de devorar el libro entero hasta la última página. Machacaría la última frase. Mi última frase.

¿Acabaría bien? Quizás casada con un futbolista o divorciada de un gran multimillonario. Ojalá. Viviendo en otro país y sabiendo hablar múltiples idiomas. Una bonita casa en algún lugar con playa, muchos nietos, muerte natural. Puede que me atropelle un autobús de camino a casa un día de estos y el libro sea corto, de pocas páginas, pero oye, que bonito es soñar, ¿o no? No nos pongamos dramáticos.

Madrid y sus millones de habitantes me encantan. Sobre todo por eso de cambiar de aires y la gran cantidad de oportunidades que te otorga para un futuro más prospero y esas cosas que se suelen leer en la revista informativa de la universidad. Sus aceras repletas de gente, su tráfico, sus edificios- los del centro, claro.- cada bar desprendedor de las voces del gentío con alguna que otra copa de más. Hay personas que prefieren la tranquilidad. Yo, digamos, que necesitaba esto.

Viernes

Él camina de vuelta a casa, en la fría noche otoñal, solo por la calle. Inseguro, mira hacia los callejones. No termina de fiarse de la soledad. Se enciende un cigarro, probablemente el último del viernes, guarda su clipper bajo el puño y aspira el humo de una calada contaminando poco a poco y en oleadas sus pulmones.

Paso a paso el viento le besa la mejilla y  aparta el pelo de su cara. Las farolas hacen de guías e iluminan la acera a su paso. Está tranquilo. Siente como el dióxido de carbono y el alquitrán acarician sus inquietudes y garganta, y le alivia.

Necesita pensar. Necesita sentir, o quizás dejar de sentir tantas cosas que le terminan bloqueando sin saber que es lo que siente realmente.

Una, dos, tres…y el humo vuela blanco y abstracto bajo los focos de luces. Las luciérnagas originan dibujos de luz en el aire, las estrellas parpadeantes se asemejan a coches en la distancia y el sonido de la música en aquellos garitos del suburbio madrileño se mezcla con el de los tubos de escape.

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Lejos de todo, observa la ciudad en silencio, y una vez puestas todas las cosas en su sitio, juraría que teme cada vez menos a los inviernos buscando solo el calor en una manta. Este invierno no lo sentirá tan frío como el anterior.

El verdadero sufrimiento viene del exceso de afecto y no de la carencia del mismo“. Hagamos caso a las señales y nunca olvides lo que un día fuiste. No te enamores buscando lo inevitable. Déjate ser encontrado. Tarde o temprano todos los besos sin amor te sabrán a lo mismo.

Atentamente, Alcarreña de Madrid

Cuatro minutos son suficientes.
Lo marca la pantalla que preside en el andén.
Cuatro minutos para que llegue el tren que me devuelve a casa. Es irónico llamar hogar a un sitio que te otorga inseguridades y claustrofobia.
Ciudad, querida ciudad.
La quieres por esos años que marcaron tu rutina mientras crecías.
La odias por todas esas veces que te tiró al suelo para que aprendieras lecciones que, en teoría, eras demasiado joven como para conocer.
Te espabila, te vuelve fría.
Las nubes ocupan más su cielo que en cualquier otro sitio. El sol te mira justicioso y cuchichea tras la tormenta que descarga su lluvia sobre ti. Es muy puta.
Paredes que hablan, las mismas caras amargas pidiendo a gritos salir y, envidiosas por tus actos, reaccionan a través de un odio basto. Ciudadanos que no aspirarán jamás a nada en un “pueblo” de anclados.

Pocos se salvan, pocos se salvan.
Una vez más, vuelvo a mi hogar. Una vez más voy a verte:

          Querida ciudad prisionera. Querida ciudad de mi infancia.

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Sal de mi cabeza

Afloraban aleteos en mi estomago.
Se dilataban mis pupilas al verte.
El calor de una caricia, el hambre de besos en un beso.

Irrefrenable, completamente irrefrenable.

Como comer tras dias de ayuno. Como el primer cigarrillo en la mañana.

Inspirando mis poesias, así de distante eres.

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Dolores de cabeza

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Recuerdo que llegue a sentir indiferencia. Mucha indiferencia.
En mis pocos años de vida ya había saboreado las mieles de la falsa amistad y traición, así como el primer e inolvidable amor. Mi madre solía decirme que nunca escuchaba sus consejos, que solo aprendería a base de golpes.
Recuerdo sentirme sola. Recuerdo sentirme diferente.

Y a las pocas cabezas cuerdas os pregunto, ¿Alguna vez lo habéis sentido? Me refiero a ver pasar la vida demasiado rápido como para poder asimilar todo lo que sucede en ella, a acostumbrarte a despedirte de la gente sin palabras, sin un misero roce de dolor en el corazón, por la costumbre.

Recuerdo considerarme rara. ¿Por que la gente actúa así?¿Tengo una enfermedad?¿Por que soy tan consciente de todo lo que nos rodea?¿Por que la gente no se da cuenta?
Jamás llegué a encontrar respuesta a todas estas preguntas. Quizás la vida consista en esto, en no preguntarse porqués y dejarse llevar.

Recuerdo que dejé de confiar en mi. Recuerdo que dejé de confiar en los demás.

Última noche de verano

A la caída de la tarde, con las piernas colgando entre los barrotes de mi balcón, aprecié la brisa de finales de verano. Aún cálida, mas no por ello menos agradable, se encargaba de aliviar el calor de aquel día revoloteando mi cabello levemente.
Pocas veces nos sentamos en silencio y dejamos que nuestros sentidos capten lo que, con prisas y sin prestar atención, ignoramos.


Ante un nuevo atardecer, las luces de las casas una a una comenzaban a encenderse como cada día a la misma hora a la par que los últimos rayos de sol se tornaban naranjas reflejados sobre los edificios y las calles.
La calzada desierta, poco a poco iluminada por otro tipo de luz más artificial, contenía los ecos de las risas de los niños que jugaban antes de que fuera la hora de cenar.
Ni un alma apenas, y con esa tranquilidad, el sonido de los pájaros volando alegremente en busca de su nido era mas audible.
El cielo que, con el trascurso de los minutos iba alternando desde colores rosados hasta pigmentos mas apagados, traía consigo la más preciada de todas las noches: la noche de verano.
Un anciano silencioso, sentado cual estatua en el banco que recibía el ultimo rayo de sol sobre el pueblo, observaba la misma escena. ¿Cuantos atardeceres habría mirado cautelosamente al detalle? Desde luego más que yo y, por alguna razón, miraba hacia el horizonte apenas sin moverse como si después de tantos años aun esperase encontrarse con algo nuevo.
Ya en la oscuridad del inicio de la noche, el hombre se levanta, y sin mas ruido que el de sus pasos, se adentra en el vacio bar de la esquina…

Ojalás.

Si la veis sentada sola en un taburete frente a la barra de algún bar no os acerquéis.
Quizás un whisky con hielo la ayude a olvidar, sin mas autoconsuelo que ese.
Una sensación de herida cosida a la que a veces se le saltan los puntos.

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¿Y si él pudiera ir? Ojalá.
Ella reconocería el sonido de cada uno de sus pasos sobre las viejas tablillas,
y, sin tan siquiera mirarle, ronronearía con el grave de su voz.
Le metería dentro de la botella que rellena su vaso vació, al igual que su pecho.
Trago a trago de el, con una sed descomunal que entorpece y ridiculiza sus sentidos.
Quizás, y solo quizás, las luces de las farolas les lleven esa noche a algún sitio.